LOS SIN TECHO
Las mil palabras que no pueden reemplazar una imagen, según el consabido dicho, sin embargo permanecen expectantes en los epígrafes de muchas fotografías.
Es cierto, no la reemplazan, pero frente a determinadas tomas documentales, en especial de personas, no sólo nos interrogamos sobre el dónde y el porqué del registro, o quiénes son los sujetos captados, sino también sobre el individuo que portador de una cámara, elige el instante donde el mundo se detiene.
Esta elección, en especial cuando implica compromisos que van más allá de toda mediación formalista, establece una clase especial de acercamiento, radical y definitivo, entre fotógrafo y fotografiado. Y también ese acercamiento tan brutal con el otro y su circunstancia implica a un tercer sujeto, nosotros los observadores, obligados partícipes de esa proximidad y su evidencia.
La toma adquiere entonces legitimidad, no por su carácter mimético con lo real sino por su compromiso con la existencia y la temporalidad histórica y porque también ella misma forma parte de lo real. Ya no es necesario remarcar su carácter de recorte, porque esto es obvio, ni señalar que lo fotográfico es de una de las formas de representación, porque es casi tautológico, sino que ese acercamiento con el otro impide que pensemos en los términos clásicos de sujeto y objeto, revertidos de tal manera que casi nos convierte a nosotros, observadores, en observados.
Es en esta serie de obras fotográficas que exhibe Ariel Ballester en Pasaje 17, Galería de Arte de APOC – OSPOCE, donde se evidencian muchos de estos interrogantes y amplían el horizonte de nuestras miradas, a veces anestesiadas, del entorno urbano y de aquellos que intentan convertirlo en un lugar menos hostil para sus vidas. Surgen así, en tomas directas, sin artificios, pero sutiles en la forma de captar el valor lumínico de la hora del día o el dato complementario sobre el lugar del suceso, las horas y los trabajos, los lechos ocupados o abandonados momentáneamente, los utensillos de cocina e higiene, los cuerpos y los rostros de esos compatriotas sometidos a la marginación y el olvido.
Mujeres, hombres, niños y viejos, intentan con cartones y plásticos, imaginar que aún pertenecen a esa ciudad que no los quiere, y con su sola presencia son denuncia visible (también fotografiable) de las desidias e incapacidades de las políticas públicas para cuidar y albergar dignamente a todos sus ciudadanos.
Y Ballester ve y toma fotos de manera afectuosa y conmovida, en algunos casos con repetidos registros de un mismo lugar, donde muestra los precarios ámbitos que remedan el cobijo de lo doméstico en contraste con la indiferencia de los transeúntes en un entorno edilicio de instituciones comerciales, plazas y monumentos conmemorativos. Pero también apela a otros ciudadanos y los compromete con sus austeras imágenes, a construir los espacios equitativos y democráticos de una ciudad posible.
Hector Medici